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Inmigración femenina en el Estado español

(Por Iñaki, Luis, Pedro y Bernard) En la actualidad, la inmigración se ha convertido en un fenómeno muy importante y debatido tanto a nivel social como político. Pero, a pesar de lo que pueda parecer no se trata de algo novedoso y que haya surgido sin más, sino que ha estado presente siempre.

España experimenta un aumento muy importante de la inmigración, invirtiéndose la dirección de los flujos migratorios que la habían caracterizado como país exportador de mano de obra. El crecimiento económico de los últimos años ha potenciado, pese al mantenimiento de altos niveles de paro, el auge del fenómeno de la inmigración. Una inmigración que en el ámbito laboral se encuentra con una demanda orientada hacia puestos de trabajo de poca cualificación y prestigio; cuestión que afecta de pleno a la mano de obra femenina. De hecho, el número de mujeres inmigrantes ha crecido exponencialmente en los últimos años.

Se trata, sobre todo, de una inmigración por motivos económicos y menos por cuestiones de reagrupamiento familiar; cuestión ésta que afecta especialmente a mujeres marroquíes cuyos cónyuges hace años que emigraron. Según el Padrón Municipal de Habitantes entre 1996 y 2003 las empadronadas extranjeras se han multiplicado por cinco. En ese período el número de mujeres procedentes de los países del este de Europa se ha multiplicado por siete y el de las de América Central y del Sur por catorce; muy por encima de los aumentos provinentes de otras zonas. Así, se ha equilibrado la proporción entre hombres y mujeres: de los 2,7 millones de extranjeros empadronados en el 2003, cerca de 1,3 millones son mujeres.

Las mujeres empadronadas en esa fecha proceden sobre todo de: Ecuador 199.800 (el 21% del total de mujeres inmigrantes), Colombia 139.600, Marruecos 123.500, Rumania 58.500, Argentina 53.600, Perú y República Dominicana con cifras del orden a 30.000 mujeres.

Las ecuatorianas son las más presentes en el mercado laboral: son el 25% de las afiliadas no comunitarias a la Seguridad Social y suponen uno de cada 10 extranjeros de fuera de la Unión Europea (UE) de ambos sexos afiliados a ella. Pertenecen, además, al grupo con tasas más altas de actividad laboral: las mujeres de América Central y del Sur y de la Europa extracomunitaria, con tasas del orden al 70% de actividad, superan las de las mujeres españolas; mientras que las africanas no llegan al 50%.

Por otro lado, el índice de paro entre los inmigrantes supera (en 3 puntos) al del conjunto español y, como en ese conjunto, el paro afecta más a las mujeres que a los varones; especialmente a las procedentes de África (17,3% entre los hombres y 25,8% entre las mujeres, según datos del Censo de Población del 2001 y cifras mayores según la Encuesta de Población Activa de ese año).

Sobre las superiores tasas de actividad entre las inmigrantes de América Central o del Sur, hay estudios que indican que es fruto del valor social del trabajo externo al hogar. Así, ese trabajo entre las mujeres dominicanas es fundamental por su contribución económica al mantenimiento del hogar y también lo es durante la inmigración: todas las inmigrantes dominicanas que trabajan envían a sus familiares el dinero para asegurar el coste de la cesta familiar básica. Lo mismo ocurre entre las inmigrantes de otros países de América y de los países del este europeo. Por el contrario, en Marruecos, el país africano con mayor número de inmigrantes en España, el trabajo externo al hogar de la mujer es visto como una pesada carga y no se contempla como propio del sustento familiar, que corresponde a los varones. Este y otros aspectos de tipo cultural y social explican las diferencias en las tasas de actividad.

En España, el servicio doméstico, ocupa a gran parte de la población femenina extranjera. Como en otros países, son las clases medidas urbanas las que demandan crecientemente estos servicios. Las familias españolas se convierten en empleadoras de inmigrantes, sobre todo de mujeres por el tipo de servicios que demandan. De este modo, el acceso al trabajo de las inmigrantes se canaliza hacia el segmento secundario del mercado laboral, hacia actividades poco prestigiadas y consideradas femeninas: los denominados servicios de proximidad, vinculados a la reproducción de la fuerza de trabajo y al mantenimiento del hogar y de la familia (limpieza, cocina, cuidado de los ancianos o de los niños, etc.).

Las mujeres de América Central y del Sur están especialmente concentradas en el servicio doméstico: más de un 39%; en parte porque la coincidencia idiomática facilita su inserción en él. Cuando se trata de una actividad a pleno tiempo en el domicilio del empleador (servicio interno) puede proporcionar beneficios adicionales como el alojamiento y la manutención, pero a cambio de muy largas jornadas laborales y de la falta de libertad y privacidad. En cualquier caso, la precariedad asociada a esos empleos y su gran presencia entre las inmigrantes están constatadas en España. Hecho agravado por la escasa capacidad de negociación que tienen los trabajadores inmigrantes y que, sindicalmente, se considera favorece la presión a la baja de las condiciones laborales del conjunto de trabajadores .

Esa tendencia era ya visible hace pocos años diversos informes sindicales. Asi, estos informes enfatizan que cuando encuentran trabajo es en sectores, como el del servicio doméstico, vinculados a la reproducción de la fuerza de trabajo y que ofrecen puestos de poca cualificación laboral y de un bajo estatus social; un sector desvalorizado, con ámbitos profesionales desprotegidos y mal remunerados. Un sector que, por otra parte, contempla un alto porcentaje de trabajo informal asociado a situaciones irregulares de residencia en España

El trabajo en el servicio doméstico está regulado por un régimen especial diferente al de la Seguridad Social que es menos beneficioso para los trabajadores, profundizando el grado de precariedad asociado a esa actividad. Lo mismo sucede con las actividades agrícolas, las cuales ocupan al 5,6 de las mujeres inmigrantes y con unas condiciones laborales extremadamente inestables y precarias.

Las inmigrantes acceden sobre todo a puestos de trabajo del segmento secundario. Y eso de forma relativamente independiente a su nivel educativo, lo que implica en muchos casos un desajuste entre las posibilidades laborales de esas personas y las exigencias que les requiere su actividad.

Los niveles educativos entre las mujeres inmigrantes difieren según su procedencia aunque, en general, se aprecia un progresivo aumento. Más concretamente, entre las inmigrantes de América Central y del Sur (más aún entre las europeas no comunitarias), abundan las que tienen estudios medios e incluso las licenciadas para el caso de las procedentes de Ecuador, República Dominicana o Perú. Se trata, en este caso, de personas que gozaban de una buena posición en su país de origen deteriorada en los últimos tiempos por situaciones de crisis económica. Entre las mujeres inmigrantes de esos países, son mayoría en los últimos años las incluidas en el tramo de edad de 20 a 35 años, bien formadas, pero que en España se ven abocadas a trabajos como los del servicio doméstico, frustrantes respecto a sus expectativas laborales. Por el contrario, las mujeres procedentes de Marruecos son de mayor edad, con una mayoría de entre los 30 y los 45 años, ya que muchas emigran por razones de reagrupamiento familiar. Sus niveles educativos son muy inferiores a las de las españolas y a las de los colectivos antes citados y su tasa de actividad muy inferior. Sin embargo, cuando trabajan acceden a puestos similares a los de aquellos colectivos.

La formación ocupacional es, en principio, un elemento que debiera servir para insertar laboralmente de forma más adecuada a las inmigrantes, sobre todo a las más formadas. Pero los horarios a los que se ven sometidas muchas de ellas en el servicio doméstico y, en especial, las dificultades para acceder a la necesaria información hacen que sean pocas las inmigrantes que reciben formación. Así, se hace muy difícil revertir su subordinación en el mercado laboral y poder obtener empleos de mayor calidad.

A modo de conclusión, mencionamos que, tal y como se ha visto, las trabajadoras inmigrantes en España trabajan mayoritariamente en un determinado campo laboral: el sector domestico; esto es debido, sobretodo a la forma en que representamos a las mujeres inmigrantes, ya que ésta puede tener unos efectos directos sobre la acción social y sus procesos de integración. No podemos funcionar con estereotipos e ideas preconcebidas en nuestras intervenciones.

Es necesario que nos replanteemos los esquemas de percepción que a menudo elaboramos hacia estas mujeres. No podemos dejar de lado que la diversidad tanto cultural como de cualquier tipo no solo es aportada por la población inmigrante. Debemos reflexionar sobre qué significado le estamos dando al concepto integración: un concepto bidireccional, basado en el dialogo intercultural o uno unidireccional, basado en la preeminencia de la población nacional sobre la extranjera.

Iñaki Castell-Ruiz Moreno

Luis Gil Sandoval

Pedro Maestre Vallespin

Bernard

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