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El fin de la cooperación como la conocemos

Por: Gonzalo Fanjul
MDG-1
La noticia venía comentada en una de las ediciones de agosto de la revista británica The Economist: India, que desde su independencia ha recibido más de 55.000 millones de dólares en ayuda al desarrollo (AOD), pasaba a convertirse formalmente en donante internacional. Aunque los programas de cooperación con regiones más pobres comenzaron hace algún tiempo, por primera vez este país tiene intención de establecer una Agencia de Colaboración en el Desarrollo dotada con más de 2.000 millones de dólares anuales durante los próximos cinco años.

No vayan a pensar con esto que los pobres de la India se han evaporado. Simplemente, las cosas nunca son blanco y negro, e India hace mucho que conoce la influencia política que viene de la mano de la cooperación internacional. El hecho es que, con esta decisión, el gigante asiático eliminaría un nuevo ladrillo del pequeño muro que separa en este momento a los donantes tradicionales (agrupados en el “club de los ricos” de la OCDE) de los donantes “emergentes”: los oficiales (como China, Brasil, Sudáfrica o la misma India) y los privados (como las grandes fundaciones internacionales).

Los números expresan la envergadura de este fenómeno: aunque no todo compute estrictamente como AOD, China habría destinado en 2007 a la asistencia internacional cerca de 25.000 millones de dólares, buena parte de ellos para la construcción de infraestructuras en África. La propia Sudáfrica tiene planes para formalizar su programa de cooperación con un presupuesto anual de entre el 0,2 y el 0,4 por ciento de su PNB, cercano al esfuerzo que realizan países como España. Y hace ya tiempo que América Latina se guisa y se come una parte considerable de su cooperación.

Por si fuera poco, durante la última década hemos sido testigos de la proliferación y expansión de grandes fundaciones privadas, como la promovida por Bill y Melinda Gates. Desde el año 1994, esta institución ha gastado cerca de 25.000 millones de dólares, ejerciendo una influencia ideológica definitiva en ámbitos como la salud global o la agricultura. Este tipo de fundaciones ha unido su esfuerzo al de agencias multilaterales, donantes bilaterales y grandes ONG para impulsar ideas brillantes e innovadoras como el Fondo Global en la Lucha contra el SIDA, la Malaria y la Tuberculosis. A pesar de sus defectos, la orientación a resultados de estas nuevas organizaciones multilaterales contrasta con la incompetencia de mamuts burocráticos como la FAO y la UNESCO.

Cada uno de estos fenómenos apunta en la misma dirección: los criterios que han regulado hasta ahora la cantidad y la calidad de la ayuda pierden relevancia cada día que pasa. En un célebre trabajo publicado hace un par de años por el Center for Global Development, el exdirector de la Agencia Francesa de Cooperación describía los mimbres de este nuevo mundo y proponía una reconsideración radical del modo en el que medimos y evaluamos la ayuda internacional. “Es difícil encontrar otros ejemplos de políticas públicas -dice este autor- en los que la medida del éxito tenga tan poco que ver con los resultados y tanto con el volumen de los gastos”. Dicho de otro modo, medimos a los gobiernos por su compromiso con el 0,7%, pero ignoramos el panorama amplio de las políticas públicas y privadas que tienen un impacto en el desarrollo: desde el modo en el que los biocombustibles europeos incrementan el hambre del mundo hasta la inmadurez de las políticas empresariales de responsabilidad social y medioambiental.

Ahora que está de moda recortarlo todo (y no les quepa duda que los programas de ayuda sufrirán nuevos recortes), se me ocurre que un nuevo gobierno, responsable con los tiempos que corren, podría hacer de la necesidad virtud y plantearse algunas de estas preguntas. Si algo hemos aprendido de los gobiernos del Presidente Zapatero es que los recursos son una condición necesaria para jugar en la primera división de la ayuda y la influencia internacional, pero en ningún caso son condición suficiente.

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