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Sin-hogar, el rostro más duro de la exclusión social.

Por Juan Otín Uriarte 

Fabio tiene 56 años y es portugués. Llegó hace trece años a España, con lo puesto, para buscarse la vida. Estuvo trabajando en Altea durante un mes y medio en la construcción, y tras terminar ese trabajo comenzó a vivir bajo un puente y a pedir en la puerta del supermercado. Después de año y medio, comenzó un viaje a pie por todo el país, de buscavidas, que le trajo a la localidad de Logroño. Aquí se enamoró de la ciudad y de sus gentes y, pese a haber trabajado a temporadas en muchos sectores, y de haber regresado por una época a Portugal, ahora está de vuelta en Logroño. Sufre de desgaste en los huesos y lleva una prótesis en la cadera que le impide trabajar, aunque él sigue confiando en encontrar algo. Ahora vive en un centro de acogida para personas sin hogar, y pasa el día en la plaza del Ayuntamiento, viendo a la gente pasar, con un cartón de vino en la mano y acompañado de amigos que se encuentran en una situación similar. Él es un claro ejemplo de alguien con una larga trayectoria en calle, de una persona que se ha acostumbrado a este modo de vida y le cuesta cambiar.

Según profesionales de la intervención social, se estima que en Logroño hay entre 70 y 80 personas que, como Fabio, no tienen un hogar. Más de veinte duermen en la calle; unas quince en chabolas, y el resto hace uso de los diversos recursos de alojamiento que el Ayuntamiento y otras entidades de atención social ponen a su disposición. Además existe un elevado número de personas en riesgo o que residen en viviendas precarias (sin luz, sin agua, etc.), que no reúnen las condiciones mínimas de habitabilidad.

Ya nadie está a salvo. La crisis económica y el paro han multiplicado las situaciones de riesgo, y la misma gente que hace unos años se encontraba segura ahora se ve al borde de la exclusión social. Esto se ha materializado en un cambio en el perfil de las personas sin hogar (PSH). Antes encontrábamos al típico español rondando los cincuenta, sin apoyo familiar y con problemas de alcoholismo o de heroína; ahora ya no podemos hablar de un solo perfil. Aunque la mayoría de las PSH siguen siendo hombres, el número de mujeres ha ido en aumento; casi todas españolas y nunca solas. También se ha tendido a una reducción en la edad de las PSH, encontrando muchos jóvenes: por un lado tenemos a personas inmigrantes, sin problemas de alcohol y cuya principal problemática es la dificultad para encontrar trabajo; por otro, a españoles jóvenes que padecen politoxicomanías…

Las drogas también han cambiado, con la aparición de las llamadas drogas de diseño y con el aumento en el consumo de cocaína, de la que España es el primer consumidor europeo. Aunque desde hace algunos años la heroína había decaído, últimamente se está produciendo un repunte en su consumo, si bien las vías por las que se introduce en el organismo sí varían. Hemos pasado de las inyecciones por vía parenteral al consumo inhalado vía pulmonar, presumiblemente debido a la toma de conciencia de nuestra sociedad respecto al riesgo de enfermedades que el primero conlleva, principalmente de VIH/SIDA.

Con esta perspectiva, pocos son los que de verdad consiguen normalizar su situación y, cuando lo hacen, siempre estarán en riesgo de recaer, de volver a la calle. “Es como el alcohol, nunca se cura”, advierte uno de los profesionales que trabajan con estas personas. Los procesos de reinserción social pueden durar años, y muchos acaban antes en prisión, la mayoría por acumulación de pequeños delitos: trapicheos con drogas, multas por impago, hurtos o desacato a la autoridad.

La prisión no reintegra; la gran mayoría salen en peor situación de la que entraron. La cárcel falla en su dimensión educativa y sólo cumple con su función punitiva; allí, muchos de ellos consolidan sus adicciones o adquieren otras nuevas. Carentes de apoyos, al salir de prisión caen en un proceso cíclico que los lleva de nuevo al punto de partida.

Para los que llevan más tiempo en la calle, el cambio no es fácil. Una trayectoria de fracasos y frustración que se acumulan, y la desconfianza en los servicios, en ellos mismos y en la sociedad en general, hacen que muchos decidan quedarse como están. Cada pequeño paso supone un esfuerzo casi sobrehumano; al fin y al cabo, todos hacemos lo que estamos acostumbrados a hacer.

La exclusión social, como fenómeno multifactorial que es, en el que convergen una serie de circunstancias (pobreza, falta de vivienda, carencia de salud y capacidades psicofísicas, falta de apoyos, dificultad de acceso al trabajo, falta de educación, etc.), muestra en el sinhogarismo su rostro más duro. Las causas de estas situaciones son varias: principalmente el abuso de drogas y alcohol, el paro y los problemas de salud mental, sumados a la falta de una red social y familiar de apoyo, además de la sucesión de una serie de situaciones traumáticas encadenadas. El número de situaciones de este tipo que sufre una persona normal a lo largo de toda su vida, una PSH lo ha sufrido en un breve lapso de tiempo.

En la calle, el deterioro, tanto físico como mental, es rápido. Si no se ataja el problema, la esperanza de vida se reduce considerablemente. La exposición al frío, la mala alimentación y el abuso de alcohol y otras drogas dejan huella en estas personas, propensas a cualquier enfermedad.

Los tratamientos no son algo sencillo en esta situación; los más avanzados en su proceso de reinserción los siguen con apoyo de los centros de atención a PSH (desde algunos de estos centros se les administran los medicamentos). Aquellos que han iniciado un proceso de desintoxicación de sustancias necesitan medicamentos contra la ansiedad o antagonistas opiáceos; antirretrovirales para los que padecen VIH, normalmente contraído a través de las relaciones sexuales, aunque también (cada vez menos) por consumo de heroína inyectada. El consumo abusivo de alcohol acarrea problemas digestivos y de laringe, cardiovasculares, neurológicos…

Por si esto fuera poco, las PSH encuentran difícil el acceso a la sanidad pública. Cuando no se tienen apoyos familiares, uno puede tramitar una tarjeta sanitaria para personas sin recursos, pero para ello hace falta estar empadronado. Al carecer de vivienda en la que empadronarse, las personas en situación de sin hogar encuentran aquí una importante barrera. Los que desean acceder a un tratamiento sustitutivo con metadona encuentran las mismas dificultades con el padrón, que se traducen en una imposibilidad de acceso al tratamiento.

Y, ya sean causa o consecuencia de la vida en la calle, los trastornos mentales, para los cuales no se realiza un seguimiento médico, abundan entre este colectivo, siendo los más comunes la esquizofrenia, la manía persecutoria y el trastorno bipolar.

Además de los que se encuentran asentados en Logroño, por la ciudad pasan al año un elevado número de transeúntes, especialmente en época de vendimias (septiembre y octubre). Estos meses, las calles se llenan con decenas de temporeros en busca de trabajo, que pernoctan en la calle. En los alrededores de la estación de autobuses esperan la llegada de los subcontratadores, que ofrecen trabajo por una paga mísera que muchos no tienen más remedio que aceptar (y que muchas veces no llega a materializarse), debido al exceso de demanda. Este año, el Ayuntamiento de Logroño ha vuelto a poner a disposición de estas personas un pabellón polideportivo, como dispositivo de emergencia, en el que se ofrecía resguardo y seguridad durante las horas nocturnas. Un colchón, una manta y una toalla para ducharse se entregaban a cada persona que accedía al recurso, además de un desayuno por la mañana. Sin embargo la emergencia no ha sido cubierta por completo debido a la insuficiencia de recursos materiales y humanos, habiendo días en que entre treinta y cuarenta personas no han podido acceder al polideportivo y han pasado la noche en la calle, repartidos entre los pasajes y los cajeros circundantes. El Ayuntamiento no ha estado dispuesto a gastarse un euro más para dar cabida a aquellos que no han tenido la suerte de entrar en el pabellón. Mientras, en la campaña de Navidad de este año se van a gastar más de 150.000 euros (contando con las subvenciones a comerciantes) en luces de Navidad (que además van a estar encendidas desde el día 2 de diciembre). Eso sí interesa.

Los recortes en servicios sociales y sanitarios, comparados con el gasto en otros aspectos para muchos innecesarios, nos hacen preguntarnos qué valores priman en nuestra sociedad. Cuando un Ayuntamiento saca a concurso un servicio social y los criterios de selección son literalmente “precio y otros” (como ha pasado recientemente con los centros de atención a PSH), tenemos que preguntarnos si realmente se está buscando ofrecer un servicio de calidad, o simplemente salvaguardar la imagen cara al público. No olvidemos que la visión de personas pasando la noche en lugares públicos “ensucia” la imagen de nuestras localidades.

Para terminar de agravar la situación, el número de procedimientos de desahucio se ha visto incrementado en nuestro país a más de 32.000 en el primer semestre de 2011 (con la escalofriante cifra de 183.000 desde el año 2008), aunque actualmente se están produciendo movimientos sociales de reacción ante estas circunstancias, como es la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, que está consiguiendo frenar, o al menos ralentizar, un buen número de desahucios en la ciudad.

¿Es realmente sostenible el modelo de vida que nos están vendiendo? Cuando un ciudadano es considerado “de segunda” por no tener vivienda propia, cuando desde los medios de comunicación se nos exige ir a la última, llevar en nuestro bolsillo un teléfono móvil de última generación, conducir un coche (y no uno cualquiera), ¿durante cuánto tiempo más podíamos seguir manteniendo este ritmo?

La problemática del sinhogarismo es en gran parte fruto de unas expectativas que la sociedad pone en nosotros, unas expectativas que no todos somos capaces de cumplir; nos exigen una vida que no podemos sostener. ¿Tendremos que llegar al colapso total para poder comenzar a construir de nuevo?

Mientras sigamos por este camino, seguiremos creando individuos enfermos, adictos, excluidos, producto de una sociedad enfermiza y adicta, que despersonaliza a los individuos, que excluye y que margina. Pero el cambio ha de surgir de nosotros, de nuestra propia reflexión y de nuestros propios actos; de la manera en que educamos a nuestros menores, que son la semilla de un futuro incierto. Una educación que ha de enfocarse desde todos los ámbitos (familia, escuela, medios de comunicación); una educación que no se limite a enseñar, sino que realmente eduque, que nos enseñe a revisar con ojo crítico lo que nos venden, que nos haga cuestionarnos los valores imperantes, ya sea para aceptarlos o rechazarlos, y para formarnos nuestro propio código de conducta. Sólo así seremos capaces de darle la vuelta a las cosas, y de sobrevivir a un mundo que nos dirige de manera apremiante, inexorable quizá, a una humanidad, lamentablemente, deshumanizada.

Juan Otín asiste al Taller “Acercándonos al Sur”

juanotinuriarte@hotmail.com

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Comentarios

4 comentarios en “Sin-hogar, el rostro más duro de la exclusión social.

  1. ¿Conoces a Fabio?

    Publicado por TALLERSURZARAGOZA | 17 diciembre 2011, 0:33
  2. Al final apuntas dos soluciones: “nuestra propia reflexión” y la educación (integral) de los menores. ¿Cómo educar a los menores si los mayores lo toleramos?

    Sin embargo el artículo habla de la exclusión por razones sistémicas: deshaucios, modelo económico, temporeros de la vendimia… falta de apoyo, exclusión laboral…

    Es muy interesante… Gerardo

    Publicado por TALLERSURZARAGOZA | 17 diciembre 2011, 0:38
  3. Tristeza

    Publicado por uno mas | 22 septiembre 2012, 22:34
  4. Que razón tienes, vivimos en una sociedad incongruente… Soluciones, no se si habrán muchas que estén en nuestra mano, desde luego lo minimo: concienciación social. Articulos como este pueden ayudar mucho a conocer la realidad y a partir de aqui poner maneras para mejorarla.

    Gracias por mostrarnos esta cara de la moneda.

    Publicado por therpsicore | 17 octubre 2012, 0:30

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